No se trata de discutir qué es ser un hombre de bien, sino de ser un hombre de bien.
Empieza por decirte cada mañana: “Hoy tropezaré con un indiscreto, con un ingrato, con un insolente, con un bribón, con un envidioso, con un intratable. Todos estos defectos les vienen a ellos de la ignorancia del bien y del mal. Pero yo, que conozco el verdadero bien, y que es tan hermoso y deseable como el mal es feo y vergonzoso, y que conozco la naturaleza del que comete la falta, que es mi hermano, no por la carne y la sangre, sino por nuestro común origen divino, no puedo darme por ofendido. Ambos fuimos hechos para obrar de consuno, como lo hacen los dos pies, las dos manos, los dos párpados, las dos filas de dientes. Es decir, que va contra la naturaleza que seamos enemigos o demostrarles animosidad y aversión.”
La perfeccción de las costumbres consiste en vivir todos nuestros días como si fuerasen el último, sin agitación, sin indolencia, sin disimulo.
El mejor modo de vengar una injuria es no parecerse al que la infirió.
No hagas nada de mala gana, nada perjudicial a la sociedad, nada sin examinarlo de antemano, nada por contradicción. No busques un adorno afectado de palabras para explicar tus pensamientos; no seas amigo de hablar demasiado, ni hombre de muchos negocios. Conserva una serenidad inalterable; prescinde de todo socorro exterior, y no esperes obtener el sosiego del alma con ayuda ajena. En una palabra: hay que vivir de pie, y no levantándose.
A la piedra arrojada a lo alto no la perjudica el volver a caer en tierra, ni la emboba el haber subido a las alturas.